Manual para preguntarse qué carajo hago acá

Un mes después de llegar a Kirguistán, me di cuenta de que el mayor desafío no eran las montañas, las rutas destrozadas ni el choque cultural, sino mis propias expectativas. Una reflexión sobre viajar, los prejuicios y esa costumbre de creer que la felicidad siempre está en el próximo destino.

ASIAOBSERVA

Mauge Olives

6/29/20263 min leer

Un mes. Ya hace un mes que estamos en Kirguistán. ¿Vos habías escuchado hablar de este país antes? Yo, la verdad, no recuerdo cuándo fue la primera vez que oí su nombre. Capaz que en alguna charla de madrugada con algún cicloviajero que paró en casa en Montevideo. Puede ser. En mi cabeza no había nada sobre este lugar: ni bueno ni malo. Nada. Y no es que ahora lo tenga clarísimo tampoco.

Kirguistán. El país clavado en el corazón de la Ruta de la Seda. El país de las montañas que se tragan el horizonte, de las estepas infinitas, de las yurtas, los caballos y la nostalgia soviética que se cuela en cada edificio gris. Kirguistán, el país que me dio vuelta como media y me obligó a cuestionarme, no tanto sobre este lugar, sino sobre mí misma. Sobre mis prejuicios, mis límites y mi umbral de paciencia, que descubrí que no era tan infinito como pensaba.

Debo admitir que justo antes de venir mis expectativas estaban, bueno… por las nubes. Mal yo. La culpa es mía, claro. Uno debería saberlo. Pero ahí estaba yo, después de dos años de pausa obligada y un paso por Escandinavia que, seamos honestos, es hermoso pero demasiado bien portado. Yo quería más. Montañas que te desafíen, gente distinta, idioma que no entienda ni por gestos, comida nueva, choque cultural de esos que te hacen replantearte todo. Bueno, eso sí lo conseguí.

Si te metés en blogs de viajeros, te vas a encontrar con que Kirguistán es el lugar: paisajes de postal, hospitalidad que te derrite, una pureza salvaje que parece inventada. Y yo… bueno, yo encontré paisajes espectaculares, sí, pero también rutas que parecen campo minado, conductores que creen que la línea del medio es un consejo opcional y pueblos donde encontrar un tomate fresco es más difícil que aprender kirguís en una tarde. Y la gente… la gente es tímida, distante. En un mes me he sentido más extraterrestre que nunca.

Por primera vez en diez años de viaje me escuché a mí misma decir: ¿qué carajo estoy haciendo acá? Y no en plan qué maravilla, sino en plan me quiero ir. Siempre había escuchado a otros decirlo y pensaba: Bah, a mí no me pasa. Bueno, pasó.

No me malinterpreten. También hubo momentos de magia. Unos pastores que nos salvaron en medio de una tormenta, una yurta perdida en la nada, los miles de “Hello!” de los niños que, a pura sonrisa, salen corriendo de cada rincón a saludarte; una mirada inesperada que me hizo pensar que tal vez estoy aprendiendo a mirar distinto. Porque al final, no es Kirguistán, soy yo.

Cuando estaba en Dinamarca ya quería estar en Noruega. En Noruega, la gente me sacaba de quicio (perdón, noruegos). En Suecia, bueno… Suecia me cayó bien, son simpáticos. Pero igual ya estaba ansiosa por llegar acá. Y ahora que estoy acá, parte de mí cree que mi felicidad está, obvio, en el próximo lugar.

No. Ya sé, suena a frase de taza motivacional, pero es así: no es el lugar, soy yo y cómo lo habito. Lo bueno es que darme cuenta me da la chance de hacer algo distinto. O, al menos, de reírme cuando terminamos cenando otra vez fideos ramen porque no encontramos otra cosa.

Así que así vengo: mejor que hace un mes, pero todavía con momentos de querer tirarle la bicicleta a un camión y sacar un pasaje a cualquier lado. Y está bien. Creo que la felicidad —o la calma, o lo que sea que uno anda buscando— no es un lugar al que se llega y se estaciona. Es un taller permanente, un trabajo diario, aunque vivas en Montevideo, en una yurta o sobre ruedas.