La sombra rosada del antiguo Botén

Una parada de dos noches en la frontera entre China y Laos terminó convirtiéndose en el descubrimiento de una ciudad donde el pasado sigue latiendo bajo luces rosadas. Crónica desde Boten.

ASIAOBSERVA

6/29/20263 min leer

Después de dos meses pedaleando por China, cruzamos la frontera hacia Laos sin saber muy bien qué íbamos a encontrar. Al otro lado, Boten nos recibió con un aire pesado y extraño, como si el tiempo se detuviera en esa franja borrosa entre un país y otro. Era nuestra primera parada en el sudeste asiático y, más que entusiasmo, teníamos cansancio. Decidimos quedarnos dos noches para descansar, reorganizar las ideas y planear la ruta siguiente.

La primera noche fuimos a cenar al mercado, a una especie de plaza de comidas iluminada con luces blancas, sonido de ollas y platos envueltos en bolsas de plástico. Enseguida nos dimos cuenta de que los carteles y menús estaban en chino; incluso se podía pagar en yuanes usando las mismas apps que usábamos en China. Lo cierto es que no le dimos mayor importancia: en las ciudades limítrofes muchas veces las monedas y los idiomas se mezclan de forma natural, integrando gentes de ambos lados.

Al salir a recorrer un poco las calles del centro, el ambiente se sentía raro. La ciudad tenía algunos edificios modernos y varios en construcción, había mucha oferta de alojamiento y se veía algo de movimiento en las calles, pero no llegábamos a entender por qué. ¿Por qué tantos hoteles y tantos servicios? Claramente, la ciudad no tenía ningún atractivo. Especulamos que tal vez hubiera algo interesante cerca, pero la verdad era que no había nada. Tal vez simplemente fuera una frontera transitada y se necesitara un lugar donde parar, no sé. ¿Qué hacía toda esta gente ahí? Observamos y nos volvimos al hotel con una sensación que aún no podíamos nombrar.

La segunda noche repetimos el paseo, fuimos a comer algo a un restaurante pequeño y, a la vuelta, pasamos por el mercado grande que aún no habíamos visto. Tras pasar los puestos de frutas y verduras y algún que otro restaurante, las luces cambian de un momento a otro y todo se vuelve rosado.

En los puestos donde antes había tiendas, ahora hay una especie de tarimas con sillas mirando hacia la calle. Sentadas, hay varias adolescentes, maquilladas al extremo, labios bien rojos y tacos altos. Algunas apenas si alcanzaban la mayoría de edad; otras, probablemente ni eso. Charlaban entre ellas, usaban el celular, esperando como quien espera en el banco a que llamen a su número. Seguimos caminando en piloto automático, casi sin hablar. No era solo un puesto, eran muchos, y cada uno de ellos lleno de niñas. En medio de esto, y mientras nos movíamos como en una nube, incrédulos ante lo que estaba sucediendo, algunos grupos de varones caminaban solos. Esa noche, con el estómago retorcido de impotencia y angustia, finalmente entendimos cómo funciona Boten.

Apenas llegué de regreso al hotel, me zambullí en internet: seguro había algo escrito sobre esto. Necesitaba entender lo que acababa de ver. A medida que me adentraba en internet, varias palabras se repetían una y otra vez: casinos, prostitución, drogas. Cada página aumentaba la sordidez del asunto y, a cada clic, me daba cuenta de que el tema superaba incluso a la ciudad y se extendía por todo el sudeste asiático. Me enteré de que esta ciudad en la que estamos, y que está tan cerca de China y Myanmar, se encuentra en una zona económica especial y en el Triángulo del Opio. Particularmente, Boten era una ciudad-casino frecuentada en su mayoría por hombres chinos, porque en ese país las apuestas son ilegales. Quien habla de casinos en este lugar también habla de drogas y prostitución, y probablemente de muchas otras cosas siniestras al servicio del dinero.

Ya hace unos años, el gobierno chino forzó a Laos a desmantelar los casinos y los negocios turbios de esta ciudad. Eran muchos los chinos que se sentían atraídos a visitarla por sus leyes laxas y falta de regulación, todo lo contrario de lo que viven en China.

Hoy en día, la ciudad es diferente, pero muchas de las marcas de ese período aún se ven. En la fachada hay edificios nuevos y calles impecables, pero basta con perderse en un callejón del mercado para que las luces rosadas te recuerden que, para muchas, la realidad no ha cambiado en nada.