1000 metros y un rescate de la Cruz Roja
Lo que iba a ser una noche entre dos volcanes terminó convirtiéndose en tres días atrapados por una tormenta de nieve, con la comida racionada, partidas de Rummy y un rescate inesperado de la Cruz Roja.
AMÉRICA
Después de pasar unos días hermosos en San Gregorio Atlapulco y recorrer sus chinampas, salimos rumbo a Puebla. Para llegar a la ciudad debíamos cruzar entre el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, dos volcanes de casi seis mil metros sobre el nivel del mar.
Decidimos dedicarle un día entero a la subida, ya que el ascenso era de mil metros en apenas 25 kilómetros. Bastante subida.
Descansamos al pie de la montaña, en la estación de bomberos de Amecameca. Dicho sea de paso, los bomberos eran re buena onda: nos dieron una habitación y hasta nos pegamos una ducha.
Salimos bien temprano y desde el primer kilómetro comenzó la subida. Compramos algunas cosas para comer y agua, pero no demasiadas. Pensábamos quedarnos una o dos noches en la cima y nos habían dicho que había un parador en Paso de Cortés, así que preferimos no cargar demasiado peso. Más adelante nos daríamos cuenta de que la comida era una carga más que necesaria.
La subida se hizo eterna. A mitad de camino paramos a almorzar unos refuerzos y seguimos, deteniéndonos a cada rato para recuperar el aliento y tomar agua. Fue un poco más adelante cuando descubrimos que se había roto un rayo de mi rueda trasera. ¡Un garrón! Paramos y estrenamos el rayo de emergencia que nos había regalado Adam, de Austin. Nos salvó.
Casi llegando a Paso de Cortés hicimos una última parada en un pequeño puesto donde vendían quesadillas de flor de calabaza y café de olla. Lo juro: las mejores quesadillas que probé en mi vida. No exagero.
Ya arriba nos dirigimos a la administración y, después de una charla con el señor que nos quería cobrar por la carpa, por noche, por día y casi por cada bocanada de aire respirado, pagamos nuestros 32 pesos de entrada y comenzamos a buscar un lugar para armar la carpa. Hacía frío, pero era agradable. Dormir entre esos dos gigantes nevados calentaba el alma.
Al día siguiente nos despertamos con un sol resplandeciente. Desayunamos, levantamos campamento y seguimos camino hasta La Joya, una especie de mirador del lado del Izta. El camino era de piedra y tierra, casi imposible de pedalear, así que recorrimos los seis kilómetros empujando las bicicletas.
A mitad de camino nos paró un señor para decirnos que anunciaban tormenta y preguntarnos si queríamos pasar la noche en el albergue de Altzomoni. Así fue como terminamos llegando allí.
El albergue era más bien un refugio: cuatro habitaciones, dos baños y un corredor interno que las unía. Había dos grupos de alpinistas esperando una ventana de buen tiempo para subir al Izta.
Aprovechamos que todavía estaba soleado para caminar hasta el mirador y pasear un poco. Ya de regreso, cerca de las siete de la tarde, comenzó a caer un poco de aguanieve.
—¡Qué lindo! —dijimos.
Pero cada vez caía más. Después llegó el viento fuerte. Luego la nieve. Más nieve. Mucha más nieve. Y un viento que parecía decidido a no parar.
Pasamos la primera noche junto con algunos de los alpinistas. A la mañana siguiente, la mitad ya se había ido porque entendieron que no iban a poder subir: la tormenta no tenía intención de detenerse. Para la tarde nos habíamos quedado solos.
Antes de que todos se fueran, atinamos a pedirles algo de comida y agua. Para nosotros era imposible salir con semejante tormenta y ya casi no nos quedaban provisiones.
No sabíamos cuánto tiempo más iba a nevar, pero el hielo en los vidrios no dejaba de crecer y el viento tenía pocas ganas de aflojar. Decidimos racionar la comida para que alcanzara dos días completos.
La segunda noche en Altzomoni nos encontró sin luz, así que resolvimos calentarnos e iluminarnos con un fuego. Recolectamos los pedacitos de leña que encontramos en las habitaciones y encendimos la estufa. No fue fácil: a esa altura el fuego cuesta mucho más prender. Pero lo logramos.
El fuego nos calentó y nos entretuvo un rato. El tiempo pasa muy lento cuando no podés hacer otra cosa que esperar.
Dormimos medio vestidos con la esperanza de poder salir a la mañana siguiente. Pero eso tampoco pasó.
La comida seguía disminuyendo, mientras que el viento y la nieve no daban tregua. Lo poco que nos quedaba alcanzaba para ese día y nada más. A la mañana siguiente tendríamos que salir sí o sí.
Paso de Cortés estaba a seis kilómetros por un camino de piedra y tierra que ahora debía estar completamente cubierto de nieve. Salir con las bicicletas en medio de la tormenta no era una opción y nuestra ropa no estaba preparada para esas condiciones. En pocos metros íbamos a estar empapados y congelados.
Así que pasamos el día inventando formas de protegernos las manos y los pies. Es increíble lo que la cinta pato y unas botellas de plástico pueden hacer. Al día siguiente habría que salir, con o sin bicicletas.
Entre inventos de supervivencia y partidas de Rummy dejamos pasar las horas. Cuando el hambre apretaba nos preparábamos un té o un café para engañar al estómago. Por suerte, agua no nos faltaba.
El día se hizo eterno.
Ya entrada la tarde, cerca de las siete, estábamos listos para dormir cuando escuchamos un golpe fuerte en la puerta.
Salimos corriendo y, después de sacar el trapo congelado que habíamos puesto debajo para que no entrara el viento, Seba abrió. Del otro lado apareció un hombre completamente cubierto de nieve.
Era la Cruz Roja.
Sí. Nos estaban rescatando.
Resultó que el grupo de alpinistas que había estado con nosotros había quedado varado a media montaña y la Cruz Roja tuvo que movilizarse para asistirlos. Fueron ellos quienes avisaron que nosotros seguíamos en el refugio.
Mientras la tormenta continuaba, juntamos nuestras cosas a las apuradas y cargamos las bicicletas en la camioneta de rescate.
En medio del apuro dejamos olvidados el iPod, un talco y una luz. Después de comunicarnos con la gente del parque encontraron dos de las tres cosas: el talco y la luz.
El iPod, en cambio, se lo llevó el hombre de las nieves.
Bajamos con la Cruz Roja hasta Amecameca, donde volvimos a visitar a los bomberos. Cansados, con frío y muertos de hambre, nos hicimos una panzada de refuerzos y nos fuimos a dormir.
Al día siguiente amaneció un sol radiante.
El camino a la montaña seguía cortado.
Nos fuimos a Puebla en bondi.